sábado, 4 de marzo de 2017

Los fantasmas del Callejón: Leonor Sala



Leonor Sala en su carruaje



En las noches oscuras, sin luna, los que se aventuran a cruzar el Callejón de las Once Esquinas oyen un rumor de música, de risas, de voces de poetas que declaman versos que no acaban… Es el eco de los salones de doña Leonor.
El edificio que da forma al arco de entrada al callejón por la calle Alfonso I, el número 31, fue la residencia de Leonor Sala, hija de buena familia, acomodada y católica, que se casó muy joven, como se esperaba de ella, con un acaudalado miembro de la alta sociedad, Paco Urzaiz.
Leonor, mujer de enérgico carácter, no se resignó con el papel reservado a las sumisas esposas de principios de siglo XX y participó en la vida intelectual de la ciudad, sin descuidar las obligaciones devotas de la fe católica, de la que fue importante puntal a través de la organización de todo tipo de actos benéficos.
No pudo tener hijos y se volcó en el arte. Sus cuadros sacros y sus retratos eran famosos y los prestó en más de una ocasión a exposiciones organizadas por las instituciones de Zaragoza. Convertida en mecenas, por sus salones pasaron poetas, pianistas como Pilar Bayona, tenores como Miguel Fleta, autores teatrales como los hermanos Álvarez Quintero…
Las esquinas del callejón fuimos testigos de aquellas sesiones literarias y musicales, del ir y venir de lo mejor de la sociedad zaragozana que llegaba hasta la puerta de su casa en sus modernos automóviles. Ella no, los coches le parecían vulgares y convenció a su marido para conservar el carruaje del que tiraban cuatro jacas, las de mejor estampa de toda la ciudad. Cómo la aplaudían los transeúntes cuando salía erguida y resplandeciente hacia la plaza de toros, en su carruaje descubierto.
Nada se le resistía. Dicen que incluso el mismísimo dictador le tenía miedo. También él había frecuentado sus salones mientras fue director de la Academia General Militar. Y a él acudió furiosa cuando las obras del Pilar tuvieron que parar a causa de la falta de cemento, racionado tras la guerra. Franco se encontraba de paso en Zaragoza, alojado en el monasterio de Cogullada y allí se dirigió Leonor, en su carruaje, para exigírselo. A la semana siguiente, un convoy con los vagones repletos de cemento llegó a la ciudad. Así, gracias a ella y a los 25 millones de pesetas que donó, se terminaron las dos últimas torres de la basílica.
Murió en 1962, segura de haberse ganado la paz eterna con la construcción de sus torres… Solo las esquinas del callejón conocemos su secreto, la pena que oprimía su corazón y que le hacía suspirar cada vez que se acercaba a nosotras para salir a la calle de Santa Isabel. A ella llegó corriendo una jovencísima Leo aquella mañana de 1893 y en una de nuestras esquinas se refugió llorando tras la orden para que comenzara el derribo de la preciosa y querida Torre Nueva… la orden del alcalde de Zaragoza, su padre.











Versión oficial: se derribó a causa de su peligrosa inclinación.

Versión popular: ensombrecía los negocios de importantes comerciantes de la zona.

Realidad: se necesitó Dios y ayuda para tirarla.


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